lunes, 30 de agosto de 2010


Aburrimiento y asco

Schopenhauer afirmaba que a lo largo de la historia los seres humanos han tenido en común la lucha contra el aburrimiento. La actividad humana busca la distracción y la huída de sí mismo. Es poco probable hallar al común de los mortales sin hacer nada durante un periodo de tiempo extenso, a menos que se le obligue. O trabaja, o juega, o lee, o ve películas, o sexea, o duerme… la cuestión es aniquilar el tedio. El común de los mortales alberga la suerte de mantenerse ocupado durante la mayor parte del tiempo. Pero cuando esto no ocurre surgen hasta enfermedades. Baste sólo observar las conductas depresivas que genera el paro, provocadas en gran parte por el sentimiento de inutilidad que nace del tiempo libre ganado al trabajo, o bien por vernos incapaces de mantener una familia, pensamiento irracional ya que la mayoría de veces la condición de parado no es culpa del trabajador y la condición de útil necesita de un sistema de referencia. Sea como fuere, tal situación aboca a algunos a la desesperación y, a lo peor, a la depresión.

El parado sempiterno puede bregar contra el aburrimiento. El latazo, el tedio, el hastío, el aburrimiento, como se le quiera llamar, una vez que nos ha inundado, es muy peligroso, porque nos puede conducir al asco y a la susodicha depresión. Si bien el tedio espolea a la voluntad humana para que opte por la distracción -sea el entretenimiento de cualquier naturaleza- una vez atrapados por el hastío resulta difícil zafarse. Pero al igual que casi todas las emociones no son absolutas o, si lo son, sólo durante un cierto lapso de tiempo, al aburrimiento le ocurre lo mismo. Aunque estemos en pleno clímax de tedio, hay que aprovechar para agarrase a la luz de razón que todavía ocupa cierta superficie de nuestra voluntad, aunque sea mínima, para conquistar de nuevo terreno al aburrimiento. Es más, debemos considerar al aburrimiento como al miedo o a la ira. Como éstos, si no estimula la acción racional, entorpece el discernimiento o lo neutraliza. Por lo tanto, ante el aburrimiento constante debemos actuar como si de un reto se tratara. Lo fácil es sucumbir a él; si lo pensamos es lo lógico.

En el aburrimiento, como ante otras emociones potencialmente negativas –ira, miedo, angustia-, debemos dar con la oportunidad para conocernos. Es precisamente en estas fronteras en donde tendremos la posibilidad de sopesar nuestras habilidades y capacidades para actuar; en todo caso, si el examen deja mucho que desear, podemos entrenar para mejorar a nuestro gusto. Para ello, ante todo, necesitamos calma y coraje, con el fin de que la razón no quede ahogada por las emociones. A ello puede ayudarnos ejercicios de relajación física, de respiración y de meditación –relajación mental-. Debemos, primero, reconocer que nuestro juicio y, en consecuencia, la conducta están imbuidas por emociones negativas –ya sea ira, ya aburrimiento, ya miedo- y que no se rigen, por lo menos en ese momento, plenamente por la razón. “Digo, pienso o hago esto porque estoy muy cansado, aburrido o tengo miedo, pero sé que en otras circunstancias no diría, pensaría o actuaría de tal forma”, nos podríamos decir a nosotros mismos. Una vez que hemos dado la oportunidad a la razón, que hemos identificado un espacio de nuestra voluntad que se rige por la razón, el segundo paso es someter el juicio inundado por la emoción a la prueba de la razón pura, a la no contaminada, y reconocer si tal pensamiento surgido del aburrimiento, el miedo o la ira tiene razón de ser.

Ahora nos ocupa el aburrimiento. Más que una emoción el aburrimiento es un estado que provoca la emoción de la apatía, que a su vez, y cuando es de forma continuada y sistemática, penetra la voluntad de negativismo, asco y depresión. Una vez leí que un avión se estrelló porque los pilotos se aburrían. Decidieron tocar botoncitos en pleno vuelo para comprobar qué ocurría. La gracieta costó la vida a decenas o centenares de personas. ¡A cuántas guerras habrán acudido aburridos!
Ante el agobio, activarse paseando, tomando una copa con los amigos, escuchando música o, mejor, aprendiendo a controlar el ir y venir del pensamiento, que se mueve en el cerebro como un río revuelto. Aprende a sujetarlo: amánsalo, somételo, condúcelo en la dirección deseada, domestícalo, en fin, razona. También puedes aprovechar para masticar el transcurrir del tiempo y saborearlo en toda su esencia, sin nada más que hacer. Palpa el aburrimiento en sí. Es el mejor momento para hablar contigo mismo. El resto del tiempo el tiempo se esfuma como el humo.
Es normal aburrirse de cuando en vez, digo yo. Es más, hay ocasiones en las que buscas ese tedio. Lo anormal es cuando te aburres con demasiada frecuencia y padeces por ello.

domingo, 4 de julio de 2010


Números irracionales y racionales

Los números racionales tienen una cantidad determinada de decimales; o bien, indeterminada pero periódica. En los irracionales, por el contrario, los decimales son ilimitados. Por ejemplo, el número π.

No entiendo por qué se les llama así. A mi juicio, los verdaderos racionales son los irracionales, y viceversa.

En la realidad física, ¿qué medidas existen fijas? Ninguna. En cambio, las medidas siempre se mueven con indeterminaciones, con aproximaciones. Veo más racional π, cuyos decimales no tienen fin, y por ello se ajusta mejor a la realidad que describe, que no un número de los llamados racionales, que sólo están en nuestras cabezas.

¿Esa indeterminación de la medida de las magnitudes debe su existencia a la del principio de incertidumbre?

lunes, 21 de junio de 2010


Nietzsche y Ortega

Uno de mis escritores favoritos es el gran filósofo alemán Friderich Nietzsche. Cuando cayó en mis manos Zaratustra, el impacto en mí fue tan brutal y transformador que aún no he acabado de digerirlo ni probablemente he notado todas sus efectos. Nunca antes un autor me había robado tantas horas de sueño. Me iba a dormir tarde y madrugaba para continuar leyéndolo. Así, empecé con algunas de sus obras más conocidas, como Aurora, La gaya ciencia, La genealogía de la moral, Más allá del bien y del mal, Ecce Homo o el Anticristo, entre otros.

Pero esta entrada no va sólo del pensador germano. Desde que lo leí me gusta rastrearlo en los escritos de otros pensadores y escritores del siglo XX. Y a menudo lo hallo. Al igual que ya forma parte de mí, lógico es que haya formado y forme parte de otros. Porque los memes nietzscheanos se han extendido por entre filósofos, científicos y hombres de letras de todo el orbe, y de éstos a la carnaza (entre los que me incluyo), inconscientes muchas veces de su presencia. Tiempo atrás hice una pieza del influjo que, a mi juicio, Nietzsche debió haber tenido sobre Freud. Si Freud es el padre del psicoanálisis, Nietzsche es el abuelo, digo. Después de haber escrito aquella pieza comprobé que ya se había hablado sobre esta influencia.

No hace mucho que he leído “La rebelión de las masas”, libro en el que también he reconocido el aroma a Nietzsche. Disfruté de su lectura: cómo disecciona la sociedad en que le tocó vivir, a veces muy parecida a la nuestra, si atendemos a las descripciones que Ortega nos ofrece: “Vivimos en un tiempo que se siente fabulosamente capaz para realizar, pero no sabe qué realizar. Domina todas las cosas, pero no es dueño de sí mismo. Se siente perdido en su propia abundancia. (…) Hoy, de puro parecernos todo posible, presentimos que es posible también lo peor: el retroceso, la barbarie, la decadencia”. Me pregunto si está describiendo su época, la nuestra u otras muchas que fueron y serán.

O cómo describe la vida: “Vivir es sentirse fatalmente forzado a ejercitar la libertad, a decidir lo que vamos a ser en este mundo”. De ahí que muchos, y más en este cambio de siglo protagonizado por una aglutinación inusual de cambios en todos los campos del vivir, prefieran ser mandados, esclavos. Prefieren descansar. Aquí veo a Nietzsche. Dueños de nuestro destino. “La masa (…) odia a muerte lo que no es ella”. O formas parte del grupo o te aguarda el ostracismo. Poder, poder y poder, en todos los ámbitos y niveles de la vida. Más Nietzsche.

O al hombre-masa: “Esto nos lleva a apuntar en el diagrama psicológico del hombre-masa actual dos primeros rasgos: la libre expansión de sus deseos vitales –por tanto, de su persona- y la radical ingratitud hacia cuanto ha hecho posible la facilidad de su existencia”. Me suena bastante, de nuevo. ¿Describe al tipo de su época o al de la nuestra? El hombre-masa considera la organización social como naturaleza, y, al no verla como un logro, exige las ventajas que de ella se desprenden con urgencia, “cual si fueran derechos nativos”, nos dice. Aunque de esta nuestra civilización hay mucho que mejorar, digo.

He puesto aquí sólo unas pinceladas de la descripción del hombre-masa, un individuo que ya no escucha porque ya cree que sabe de todo: “Para qué oír, si ya tiene dentro cuanto falta? Ya no es sazón de escuchar, sino, al contrario, de juzgar, de sentenciar, de decidir”. Me ha sido imposible no leer a Nietzsche en Ortega. El hombre-masa, no como clase social, sino espiritual –“cuya vida carece de proyecto y va a la deriva”-, equivale al hombre nietzscheano, y el noble, al superhombre del alemán. Tampoco se escapa el vitalismo y la autenticidad aunque los aplique a las sociedades y a la política: “Sólo hay una decadencia absoluta: la que consiste en una vitalidad menguante”. Ortega reclama autenticidad “para franquear el paso a un futuro estimable”. Otra vez el alemán. La búsqueda del ser auténtico que “predicaba”.

Otros apuntes sobre el libro:

Uno, Ortega cita en un momento a Anatole France: “Por eso decía Anatole France que un necio es mucho más funesto que un malvado. Porque el malvado descansa algunas veces; el necio, jamás”. Me llamó la atención esta frase porque tuve un profesor en la universidad que repetía a menudo que prefería a los hijos de puta antes que a las buenas personas. A aquellos se les ve venir, mientras que éstos "esconden" su incompetencia y/o negligencia bajo la máscara de la bondad.

Dos: “Pero el destino –lo que vitalmente se tiene que ser o no se tiene que ser- no se discute, sino que se acepta o no. Si lo aceptamos, somos auténticos; si no lo aceptamos, somos la negación, la falsificación de nosotros mismos”; y entonces nos refiere a una nota a pie que dice: “Envilecimiento, encanallamiento, no es otra cosa que el modo de vida que le queda al que se ha negado a ser el que tiene que ser. Éste su auténtico ser no muere por eso, sino que se convierte en sombra acusadora, en fantasma, que le hace sentir constantemente la inferioridad de la existencia que lleva respecto a la que tenía que llevar. El envilecido es el suicida superviviente”.

No sé de las creencias de Ortega, pero de inquietante afirmación se desprende que creía en una trascendencia. Pero ese tener que hacer, ese “destino”, ¿no es, quizás, el sentimiento del deber impreso por el cristianismo en el individuo y la sociedad occidental, la culpa previa a la acción, la misma que después nos acusará si no hacemos lo que la moral imperante nos decía que teníamos que haber hecho, ya fuera deber o querer? ¿No será todo esa idea de destino una quimera, todo lo que podríamos haber sido y no hemos sido, cuando mientras tanto tan sólo pasamos, más que somos?

Tres: “Pero Einstein ha necesitado saturarse de Kant y de Mach para poder llegar a su aguda síntesis”. Añadir que el mismo Einstein manifestó en vida la impresión que le produjo leer a Nietzsche.

Y de regalo, este bonito aforismo descontextualizado, que es cuando cobra pleno valor: “El joven no necesita razones para vivir: sólo necesita pretextos”. Porque la vida es el valor supremo, digo yo.

En cambio, ojo, con esta otra sentencia: “El egoísmo aparente de los grandes pueblos y de los grandes hombres es la dureza inevitable con que tiene que comportarse quien tiene su vida puesta a una empresa”. Podría conducir a alguien a pisotear a quien sea o lo que sea.

En “La rebelión de las masas” las ideas fluyen a borbotones. Aquí sólo he querido relacionar a Ortega con Nietzsche. Para ello he usado algunas de las ideas que me han parecido comunes en ambos. Hay más episodios y sentencias en sus páginas por los que se vislumbra este vínculo. Nada anoto más de otros puntos capitales, como la existencia, el poder, el Estado, Europa… en otra ocasión o no. De Ortega podemos extraer ricas enseñanzas, de aquellas con las que forjarse un norte. Me quedo con la idea de proyecto a nivel social que el sujeto hace propio.



Añadido (sobre Nietzsche): “Nuestra religión no ha tenido fundamento humano más seguro que el desprecio de la vida”. Parece puro Nietzsche, y lo es, podríamos decir, en retrospectiva, porque la cita pertenece a Montaigne.

martes, 8 de junio de 2010


El cinismo. Poder, placer e identidad.

Acudí en febrero a una conferencia sobre la moral de los cínicos, Platón y Nietzsche, que impartió el profesor de la Universidad de Barcelona Daniel Gamper en la Biblioteca Jaume Fuster.

El profesor trató el término griego paraxía, que definió como “el hablar franco o el coraje de la verdad, el hablar sincero, desde el corazón”, “aquello que por decirlo según a quién, puede acarrearnos la muerte y, sin embargo, lo decimos a sabiendas”. Para que la paraxía exista no hay igualdad de condiciones. El paraxíasta está por debajo. El cínico decía la verdad por más que ésta le comportara el destierro, la ignominia o, incluso, la muerte.

“¿Por qué lo hacía, entonces?”, le pregunta una chica del público. “Por el acto de la verdad, no por demostrar ni por persuadir”, le contesta. “Aún no me queda claro”, replica ella, “¿en beneficio propio?”. En este momento, la inquietud me supera y, sin pedir turno de palabra, tercio: “Pienso que era por placer”. A lo que el conferenciante contesta: “Creo que zozobramos hacia el campo de la psicología, pero sí, dudo que hagamos algo que nos disguste. Más que placer goce”, puntualiza.

Digo. El cínico dice la verdad porque es débil. Al fuerte no les es necesaria la verdad: se impone y punto. El cínico goza al mantenerse firme en la afirmación del conocimiento, pese a que éste o su difusión le comporte un problema para su integridad física.

El goce que siente el cínico al decir la verdad ante el poderoso le confiere también poder e identidad. Afirmar su ser, le otorga poder. Placer, poder e identidad van unidos de forma inextricable.

Manteniéndose firme (de)muestra a su oponente que “sólo” blandiendo la razón y la verdad se coloca a la altura del más poderoso a pesar de que el suyo –digamos, el poder tangible- represente una ínfima parte del del otro. Cierto que la osadía le puede costar caro pero el filósofo prefiere permanecer junto a la verdad (no en), la única arma que posee para decirse a sí mismo que yo, su identidad, su existencia es, pese a las vicisitudes y las circunstancias de cada momento.

Vivir junto a la verdad, bajo la excusa del tipo “no quiero vivir una mentira” o “qué mérito tiene vivir en la contradicción como hace la mayoría”, le proporciona el poder y placer –sensaciones de existencia- que comprende que las circunstancias no le otorgan.

domingo, 6 de junio de 2010


Mezquitas por Europa

A veces recibo por correo power points en los que alguien se queja de que mientras en Europa hay centenares de mezquitas, en países islámicos no hay iglesias. No sé si es así, pero es posible.

Y digo yo: ¿aún no saben los autores de estos correos que en Europa hay democracias mientras que en la mayoría de países islámicos no? Orgulloso estoy de que en Europa exista libertad de credo. Europa, por lo menos en este sentido, es modelo a seguir. Que haya países que no lo sigan es evidente y lamentable, pero ello no significa que nosotros debamos quebrar la libertad conseguida por miles y miles de nuestros antepasados europeos. Lo correcto sería tratar de convencer para que en cualquier país del orbe haya esa libertad, y no negar a ciertos grupos la nuestra.

Harina de otro costal es que el musulmán, el budista, el taoísta o el judío intente imponer en España su doctrina. Bastante tenemos y hemos tenido con el catolicismo. Tampoco quiero decir con ello que esté en contra del proselitismo. Sin proselitismo, lógicamente, cualquier religión acaba por fenecer. Pero que jamás intenten captar adeptos con el miedo o la coacción. Si esto ocurriera sería trabajo del Pueblo y la Justicia evitarlo.

lunes, 17 de mayo de 2010


Somos reproductores de realidad

Escribí hace unas semanas el texto que a continuación transcribo. Pero como carezco de conocimiento sobre física y matemáticas no lo tomen en serio (lo digo en serio). Al final, sin embargo, explicaré por qué ahora lo publico.
Los seres vivos somos reproductores. Los sentidos captan algo que la mente reproduce. Construimos así la realidad. ¿De acuerdo? Esta realidad la capta algo en nuestro interior (llamémosle sentido interno, yo, esencia, existencia en sí…): poco importa que el sí mismo sea producto del magín o una entidad independiente, como ahora consideramos la mente del cuerpo. El resto, pensamientos, mente, cuerpo, sentidos, es reproductor.

¿Cuál es la naturaleza del sí mismo? Luz. O por lo menos creo poder afirmar que nuestra esencia más interna, aquélla que ve el exterior, la que escudriña el paso de los pensamientos, la que se inunda de emociones, aquélla que provoca las reacciones, la que en última instancia edifica en su mente una idea del mundo, la voluntad, que la llamaron otros, en fin, eso es luz.

Existen, si no me equivoco, dos leyes fundamentales en física clásica –aunque la física es cuántica, no clásica-. A saber: que la velocidad de la luz es constante en el vacío y que no varía respecto de ningún sistema de referencia.

De estas leyes se desprende que si cualquier objeto se acercara a la velocidad de la luz, el tiempo se dilataría hasta el punto de detenerse si alcanzase dicha velocidad. Si esto es así, y lo es, quiere decir que el tiempo –ese flujo que creemos sentir- no existe, sino que lo que existe es una ilusión fruto de un equipo reproductor (cuerpo y mente) que reproduce la esencia como puede, a partir de datos de distinta índole que le arriban desde la esencia, como ondas lumínicas, sonoras o el sentido táctil.

La voluntad vive engañada creyendo que es finita debido al transcurso del tiempo -como ve cada día que le ocurre a su reproductor (insisto, cuerpo y mente) y a todo lo que la rodea-, porque viaja en este equipo reproductor que le muestra el sí mismo (la existencia misma) a una velocidad aparentemente cuasi estática y muy distinta de la suya -la de la voluntad, la del sí mismo-, que sería exactamente la velocidad de la luz, 300.000 kilómetros por segundo. Todo, sin embargo, es fijo. En esencia, la realidad cotidiana es fija en espacio y tiempo, pero el reproductor que nos separa de esa esencia proporciona datos a nuestra mente que interpreta mal (o quizás de la forma lo más adaptada posible, evolutivamente hablando, para la supervivencia del ser) y, en consecuencia, nuestro yo lee de forma errónea. Nuestro yo lee una ilusión espacial y temporal (nuestro día a día) porque cuerpo y mente así interpretan los datos que le llegan en forma de tacto, luz y ondas sonoras.

Si se consiguiera viajar a la velocidad de la luz, no es que el tiempo se detuviera, que también, es que cualquier cuerpo sería luz –la verdadera esencia- que es precisamente lo que somos ya ahora (ya que como en un sistema de referencia de movimiento, poco importa si se mueve un coche respecto de un peatón o un peatón respecto de un coche).
Hasta aquí el texto. Ahora los motivos. Me he leído un librito de colección que encontré de causalidad en un quiosco de mi barrio y que se titula La cuarta dimensión. ¿Es nuestro universo la sombra de otro?, escrito por Raúl Ibañez. El libro especula con la posibilidad de que exista una cuarta dimensión, más allá de la experimentada por nosotros, la del volumen.

Leyéndolo me vino a la mente la pieza antes transcrita y, rápidamente, relacioné el tiempo con la cuarta dimensión y con la idea de que cuerpo y mente no son más que meros reproductores que leen la esencia, esto sería esa cuarta dimensión. Al igual que–tal y como dice Raúl Ibañez- el punto divide a la línea en dos (izquierda y derecha), ésta a la superficie también en dos (delante y detrás) y la superficie al volumen de igual manera (arriba y abajo), la tercera dimensión o su transcurso sobre la cuarta, es decir, lo que nosotros percibimos como paso de tiempo, divide a la cuarta dimensión también en dos (pasado y futuro).

Como afirmaba en la pieza antes transcrita, la esencia –que vendría a ser esa cuarta dimensión- entonces sería estática, siempre presente.

Para imaginar cómo sería un objeto de la cuarta dimensión, el autor argumenta que de la misma forma que podemos representar en el plano una figura tridimensional, por método análogo se podrá trazar la sombra que produce un objeto tetradimensional en nuestro mundo. Afirma Raúl Ibañez que un cubo puede cercenarse en secciones que dibujarán superficies con formas geométricas diferentes dependiendo de la posición en la que lo cortemos (un cuadrado, la más obvia; un rectángulo, si está algo inclinado; un triángulo, desde el vértice; y un hexágono, cuando los vértices del triángulo tropiezan con los del cubo).

Imaginemos –prosigue el autor- que ahora un hipercubo o teseracto (el objeto tetradimensional) atraviesa nuestro mundo tridimensional, que hará las veces de superficie para un volumen. ¿Qué observaríamos, dice? Resumiendo, el autor razona que veríamos cubos, prismas, tetaedros, icosaedros según se talle al hipercubo por una cara cúbica, una arista o una superficie, o un vértice (en cuyo caso comenzaríamos por un punto).

O sea que, en el fondo, el uno es todo y el todo es uno. El punto contiene todas las dimensiones o ninguna. Es una línea, superficie, volumen o hiperobjeto –si existiera- en potencia. Captaremos un punto, una línea o un volumen en función de la dimensión desde la que observamos o de lo que se nos muestra de una esencia. Si un teseracto conforma figuras tan dispares en el mundo tridimensional, ¿no querrá decir que la cuarta dimensión es toda igual, uniforme, y que es vivir en la tercera dimensión –cuerpo y mente como reproductores- la que moldea esa esencia, o sea, a la cuarta?

En fin, la tercera dimensión no sería más que la carcasa, lo que percibimos a través de los sentidos. Sería “la encargada” de leer a la cuarta. ¿Por qué o para qué –en el supuesto que así fuera? Eso es otra cuestión. Diré, sin embargo, que tendemos a pensar que si la cuarta dimensión existiera abarcaría por encima a las tres que conocemos (línea, superficie y volumen). Pero quizás la cuarta sea la primera, la que constituye el tejido base del Universo, la dimensión de la que las demás emanan.

Por último, un alegato a favor de la cuarta dimensión. Es fácil imaginar un punto, una línea o una superficie y, en cambio, no lo es tanto imaginar un objeto tetradimensional. De ahí que, con facilidad, nos opongamos a la existencia de los hiperobjetos. Imaginamos con soltura un punto, una línea o una superficie porque los visualizamos por doquier. Sin embargo, ninguna de estas visualizaciones es correcta, ya que están basadas en la experiencia. Y nuestra experiencia es de tres dimensiones, no hay nada de una o dos dimensiones.

miércoles, 12 de mayo de 2010


Encima de pobres apaleados

Hace unas semanas oí a un sencillo comercial -como sencillo parece ser el gran economista- que la verdadera crisis llegaría a España en julio. Era la opinión más negativa que había escuchado en tiempo. Sorprendido por vaticinio tan lúgubre, le pregunté y me respondió que por círculos empresariales a la situación actual se la calificaba de precrisis.

Ya veremos, porque a la vez que Zapatero anuncia drásticos recortes sociales el INE confirma que España sale de la recesión.

Según afirmaba Salgado en septiembre de 2009, “los Presupuestos para 2010 que el Gobierno ha llevado este martes al Congreso tienen dos objetivos principales: conservar las prestaciones sociales y corregir el déficit del Estado gracias a la subida de impuestos y un recorte "sin precedentes" del gasto”. Vistos los recortes anunciados por Zapatero esta mañana en el Congreso, supongo que estábamos por entonces ante otro de los imperativos categóricos tales como: “Aprobaré el estatut que salga del Parlament de Catalunya”.

¿Por qué no se ha fijado un esfuerzo mayor en incremento de impuestos para las clases altas? ¿Por qué no se anulan fiestas e inauguraciones antes que recortar sueldos y pensiones? ¿Por qué no se elimina la lacra de la corrupción inherente al sistema político actual? ¿Por qué no acabar con el fraude fiscal -cuyo reajuste aportaría a las arcas del Estado entre 70 mil y 200 mil millones de euros, un 20% del PIB? (un poquito más de los 15.000 millones de euros que pretende ahorrar Zapatero con las medidas anunciadas)

Y el PP diciendo que él nunca lo hubiera hecho. Lo peor de todo es que en este país no hay más opciones...